En Valdepeñas, los ejércitos napoleónicos se batieron en retirada porque el pueblo se alzó en armas heroicamente en lo que luego se llamaría la Contienda de Valdepeñas. Es ésta una tierra manchega de bravura, como se comprueba en su vino y su cocina. Valdepeñas, declarada Ciudad de Interés Turístico Nacional, cuenta con un rico patrimonio monumental, desde el yacimiento ibérico del cerro de las Cabezas hasta el Museo de los Molinos. Es también la patria chica de Paco Clavel, artista de la Movida, que cantó con su paisano manchego Pedro Almodóvar el célebre Twist del autobús.
En Valdepeñas les recomiendo un tiznao —un plato de bacalao asado desmigado, con cebolla, pimiento, guindilla, ajo y aceite de oliva, amén de pimentón— como los que preparan en la Fonda de Alberto, perfecto antídoto contra el anodino perrito caliente para desdentados de paladar blando que tan a menudo encontramos en nuestros bares.
Comparto con el cocinero Bixente Arrieta, del Kursaal de San Sebastián, el aburrimiento ante las cartas de tantos restaurantes, de las que “pocas escapan al rutinario copia, corta y pega“. Pero, aunque para él la originalidad pase por un bacalao confitado y unos huevos asados a baja temperatura, para mí, lo original es ir a Valdepeñas a comer migas, gachas, asadillos y otros platos, que le producen a uno la impresión de haber desembarcado en otro planeta. Acostumbrado como está nuestro paladar a la restauración moderna, la cocina local, sin divismos, es una gozada, igual que masticar un buen pan ácimo.
He dicho que todos estos platos, guisos y alimentos nos llevan a otro planeta, cuando debería haber dicho a otra época. Esta cocina nos aporta alimentos de carácter histórico, monumentos culinarios que configuran un patrimonio cultural, material hasta cierto punto, pero efímero, que debemos inventariar y proteger. Sus orígenes humildes —nacida en hogares y cabañas de pastores y labriegos—, como todas las cocinas populares, nos permiten comprender mucho mejor las raíces de nuestra propia cultura culinaria, sus características específicas, personales aunque afortunadamente transferibles a las nuevas generaciones, a semejanza de los genes o, como dirían algunos, los memes. Porque sólo sabiendo cuál es nuestro origen seremos capaces de trazar nuestro futuro.

3 comentarios a "Tierras de pimentón, comino y ajo"
Los hay quienes expresan sinceridad cuando hacen mención a la transmisión cultural y también quienes hacen del tema un ejercicio retórico para su mejor desmantelamiento, el de los referentes culturales. A pesar del esfuerzo de muchos, parece más poderosa esa “mano invisible” que ocupa espacios a base de desalojar a los inquilinos tradicionales. Si bien es cierto que el calco puede ser fraude y que en toda época siempre hubo resistencia al cambio –que es lo propio de un sistema evolutivo-, una de los aspectos que nos diferencia de tiempos anteriores es el tempo que esa lucha marca en el devenir de las cosas. La transición cultural entre generaciones siempre, auque con tensiones, fue lenta. Las etapas a cubrir resultaron lo suficientemente largas como para que la incorporación de la novedad y su adaptación tuviese semblante de naturalidad, “a semejanza de los genes”. Si en el ámbito cultural el término “transición” puede dar a entender lentitud, el término “cambio” puede asemejarse a brusquedad. Ese puede ser el signo de nuestra época cultural actual: el acto brusco de la usurpación, que desde el punto de vista de la evolución de lo humano y lo social tiene la cualidad de lo regresivo.
No sé hasta qué punto las “nuevas generaciones” son permeables al legado de las anteriores. No porque no lo puedan desear, sino, quizás, porque no se les deja. Hoy, el deseo de cambio domina sobre el de herencia. El frenesí existente por el cambio, el cambio del cambio y la novedad perpetua, copan los mensajes: sin cambio no hay evolución, dicen unos, (como si la humanidad se hubiese frenado en el paleolítico), sin cambio no hay competitividad, cuentan otros, (como si competir, aplicado aquí al productivismo y el consumo, fuese lo propio de nuestro ser). La seducción del presente se impone frente a lo que algunos entienden por “nostalgias estériles”, o la amenaza de la historia. La nueva radicalidad erige la velocidad del cambio en nueva norma a costa de un futuro indeterminado.
Antes, el pasado predefinía el futuro. Hoy, la pérdida de referentes (condición fundamental para los cambios de la post-modernidad), no arroja ninguna luz sobre el futuro. Basta con asomarse a las portadas de la prensa de cada día, para comprobar que las prisas por construir castillos en el aire, antes hoy que mañana, tiñen de incertidumbre el horizonte.
Entre las diferencias que marcan la época actual de las anteriores, cabe pensar en dos: el paso de un largo periodo en el que se ha vivido en la supervivencia, donde la creatividad venía en socorro de las necesidades y tenía como argumento la durabilidad y su carga social, a otro, reciente y aún corto, que se denomina de “abundancia” (según para quién) y que hace que vayamos sobrados de todo, “evolucionando” en función del mercado y de lo efímero de sus propuestas, lo cual es coextensivo a un cierto concepto del hombre y de la sociedad que pone el acento en la autonomía y en la responsabilidad de cada uno; y, por otro lado, la ausencia de complementariedad entre lo nuevo y lo viejo.
Seguro que hay lugares, regiones, países, cuyo panorama culinario, se vea reflejado en lo expuesto en el último párrafo del post. Son lugares numantinos donde la distancia entre el que come y lo que come facilita la continuidad de la historia, donde el comensal no solo incorpora lo que come sino lo hace también con el lugar que lo produce. Sin embargo, ese escenario no es de fácil reproducción en cualquier lado, más aún si se piensa que el 75% de lo que ingerimos ha pasado previamente por la industria transformadora.
Doy fé del buen comer, de las tierras Manchegas … especialmente en la Fonda de Alberto en Valdepeñas. Lugar de obligada parada para mis viajes entre Andalucia y Madrid. Merece la pena si se dispone de tiempo sentarse a difrutar de una buena comida y si uno va con más prisa en la barra nunca fallan su revueltos y sus migas… como menciona Santamaría de otro planeta!
Hartatunos,mojete, ajoarriero o atascaburras, galianos, tiznao, tojunto, pipirrana, pepitoria, zarajos, …
Porque volver al origen no es retroceder.
Debate!