El erudito inglés William George Clark nos cuenta que, en su visita a las Alpujarras en 1849, comió collejas, jamón de Trevélez, migas, gachas y olla gitana. Las collejas son una hierba silvestre que puede consumirse en tortilla, para lo que primero se fríe, o bien cruda en ensalada. Las primaveras, en la época de la que habla Clark, tenían una luz distinta a la de hoy, y también son distintas las recetas populares, que han cambiado al compás de la evolución del paisaje y de la aparición de nuevos ingredientes en las despensas y los platos.
De todos modos, aún pueden paladearse preparaciones de sabor arcaico en pueblos de toda España y en miles de hogares donde aún se sabe disfrutar de una ensalada de dientes de león silvestre con queso de cabra con toda la potencia de dicho queso, no apta para paladares de esponja, finos y delicados, que no se atreven a ir más allá de la mousse de yogur. Saborear la tierra es reivindicar la personalidad de las culturas culinarias autóctonas. Tenemos que seducir a los jóvenes y atraerlos a nuestra causa, pero ¿cómo, si para ellos el mero acto de masticar supone un esfuerzo aburrido y cansino? Y algo de razón no les falta: si el mismísimo pan de muchas panaderías industriales, crujiente cuando sale del horno, ¡se convierte en una goma al enfriarse! En mi tierra ya ni sirve para hacer “pa amb tomàquet”. Por eso vemos a los jóvenes tragarse los dichosos panecillos de las hamburguesas, con potenciadores del sabor, mostaza y kétchup, que se engullen sin apenas masticar.
Les envío mi más sentido pésame a los que no comen sentados, a los que no tienen tiempo para comer, a los que renuncian a la copa de vino, a los despistados que comen en Salamanca como si estuvieran en la Quinta Avenida de Nueva York, a los adictos que beben en Mallorca lo mismo que cuando están en Málaga. Compadezco a los conformistas que renuncian a esforzarse por encontrar los buenos guisos allá donde viajan. Todos ellos y muchos más me hacen sentir vivo al escribir sobre cocina y gastronomía, porque de estar vivo se trata. Hoy en día, cuando los aeropuertos son supermercados, y los supermercados, estaciones de un teórico tren a la felicidad que, en realidad, no va a ninguna parte, feliz es doña María, que cada mañana compra sus pescados y verduras en el mercado; feliz es Pedro, que se desayuna con un par de huevos fritos todos los miércoles en el bar de Tomeo; feliz es Carmen, que con sus amigos disfruta de una merienda en el Bar del Puerto con unos pescaditos fritos; y feliz es la familia González, que cada noche cena una rica y variada cocina en la que no falta el sentido común. Felices son los que no tienen que buscar ni preguntar por la felicidad.
En cada casa de mi tierra se elaboran las mismas recetas con pequeñas variaciones, pero el denominador común indispensable es el mismo: una madre que cocina; y si ésta tiene más de ochenta años, es un tesoro, sobre todo cuando ella sabe que, gracias a su cocina, nos acordamos de los que ya no están sentados en la mesa, y eso nos entristece y alegra, porque cuando nosotros faltemos será el bacalao de Cuaresma lo que ayudará a que otros se sientan bien vivos, libres y responsables de realizar mediante la comida un auténtico acto de homenaje.
Creyentes, laicos y agnósticos, sentados juntos a la mesa, seguiremos saboreando la cocina del terruño como apuesta por la convivencia desde la espiritualidad individual.

4 comentarios a "El terruño"
Es cierto que es difícil encontrar una buena barra de pan en estos días de hoy en los que, desgraciadamente, lo artesanal va dejando paso a la industria preocupada por ofrecer cantidad en vez de calidad.
Enhorabuena por el artículo ;)
Una vez más interesante reflexión. Mi pensamiento en este sentido va de un extremo a otro.
Trabajo en un centro de formación ocupacional, dedicado al mundo de la mujer. En mi cometido de enseñar las bases de la cocina a futuras ayudantas se me suma la responsabilidad de en cada curso atender a un mayor número de mujeres de distintas procedencias y trasmitirles nuestra cultura gastronómica o al menos unos rasgos de nuestra cocina.
Mis compañeras de trabajo en un porcentaje elevado son más jóvenes que yo, en muchas ocasiones les doy a probar las elaboraciones que salen de mis clases de formación. Es habitual observar en ellas el rechazo a algunos alimentos, texturas y sabores. No es de extrañar, son como tú citas, fruto de una generación habituada a los sabores “fáciles”, a las pasta, la salsa de tomate de “bote”, al bacon y a la salsa 4 quesos sin sabor.
Frante a esto, en ocasiones me alarmo, pienso que ciertos alimentos desapareceran, como darle a comer pies de cerdo a quien tiene el paladar acostumbrado a una hamburguesa acartonada?, evolucionaran los paladares en el futuro?, aceptaran el sabor de una ensalada que no sea la triste “iceberg”, el amargo de una escarola. Espero que si, yo al menos pongo mi granito de arena en todos los que me rodean.
Ya ni hablo de las migas que hacia mi abuela, hace mi madre y hago yo. Si no trasmito esa receta y ese sabor y el gusto por ellas desapareceran. De las collejas que iba a recoger con mi abuelo ya ni hablo, no tengo la fortuna de vivir en una zona más rural.
Saludos a todos
Aunque parezca mentira en un mundo tan globalizado el socorrido tema de la cocina del terruño empieza a aburrirme. No porque no lo desee o no lo practique sino porque cualquiera cree atender a su terruño con el mando a distancia.
Los paladares evolucionan y en épocas de escasez aparecen alimentos que hoy ya no damos ni a los cerdos: almortas o guijas, collejas, verdolaga, lletsons i casconies…
Las aparición de las primeras almendras verdes tiernas (hace unos dias, con el fruto bien tiernito) era y es todo un acontecimiento en nuestra familia, verde clorofila, dulce ácido del fruto, infanticidio vegetal, lujo al paladar pero… ¿A quién se lo ofrecemos? ¿Almendras verdes?
Este año además de la ya consolidada rúcula cultivaremos mostaza y diente de león, si claro, no es lo mismo que el silvestre pero se dinamiza su recolección.
Eso sí, salimos a diario en busca de espàrrecs de marge, xampiñones silvestres, y ahora flores de borraja (con ese sabor a pepinillo) o acelgas asilvestradas (fruto de cultivos abandonados).
un saludo i bon profit
Por decirlo sin rodeos: el planteamiento que se expone en éste como en el anterior post, que vienen a decir lo mismo, está destinado al fracaso. No porque la exposición del relato bucólico-gastronómico no sea apetecible, deseable y compartible, sino porque pisa un terreno que no le favorece: la vida, la gente y el entorno de hoy. Vivimos en un sembrado de incoherencias, sin identidad holística (que es la que se corresponde con el relato del post), sin pensamientos estructurantes que den sentido y valor al quehacer cotidiano, sin continuidad en el apego a la gente y a las cosas, navegando sin rumbo en la multiplicidad de creencias e ideas, siempre reajustándose, comparándose, negociando, persiguiendo denodadamente la novedad, lo exclusivo, lo volátil, tratando de anticiparse a la anticipación de los demás. ¿Acaso es posible, desde lo colectivo, introducir una “cocina sabia” en un mundo loco que reniega del pasado y no cree en el futuro ya que éste es lo inmediato sin continuidad?
Guste o no, parece que todos definen de forma breve y unánime la cocina de antes y que la de hoy no hace consenso en su definición, cada cual quiere pasar a la historia con denominación de autor, así aparecen géneros y subgéneros, hasta el multichef que adapta su cocina al lugar (al paladar, dicen) en el que buscan mercado, igual que los McDonalds; o se convierte en cretino vendedore de felicidad.
El profesional puede intuir por donde van las cosas, pero ¿y la gente, en general? Porque es la gente la que decide. Seguro que el mensaje llega a la gente, pero ello no garantiza el cambio de comportamientos, ya que el mensaje es el mismo sea cual sea la condición social, económico, religiosa,… del receptor; porque a la gente le llegan muchos mensajes que en su cabeza se transforman en cacofonía. Un mensaje razonado y razonable, elaborado en un despacho o en un laboratorio no es percibido del mismo modo por todo el mundo. Ejemplos hay varios: responsables de la Estrategia Naos han terminado reconociendo su fracaso, es natural, ya que en los “genes” del proyecto ya estaba inscrito el desenlace. Es decir, el dinero, los expertos y cocineros asociados no han podido frenar la pandemia que pretendían atajar, ya que aún no se han enterado que la gente (entre otras cosas) no quiere que en su cerebro se le instale una calculadora nutricional, que dicha la humanidad de dicha gente no puede ser reducida a cifras estadísticas; tampoco se preocuparon de la articulación entre lo cognitivo o lo comportamental. Este fenómeno de articulación lo vemos repetido en el asunto del tabaco: no por mucho insistir en la negatividad de su consumo se consigue automáticamente una disminución del mismo. Todos los fumadores pueden estar de acuerdo en las consecuencias que para la salud acarrea el fumar, pero otros imperativos se imponen a dicha racionalidad. Es lo mismo que sucede con el asunto de la “cocina sabia” y una vida en consecuencia con ello, y los imperativos de la cotidianidad en el mundo de hoy. Una “cocina sabia” donde aún lo rural penetraba lo urbano, hoy, sin embargo, lo urbano invade lo rural, tercierizando el sector primario. Pero la principal ceguera sobre la que se asientan los cánticos sobre el bienestar del obeso, del fumador, del alcohólico, etc, es que, de forma directa o solapada, consideran a éste, al sujeto, responsable de los inconvenientes de su andadura por el mundo. Paradójicamente la víctima se ve culpabiliza e incluso estigmatizada.
El post propone la vuelta a una relación afectiva y hedonista con el alimento que entronca difícilmente con un mundo donde la vida de cada individuo tiene un valor mercantil, donde ha desaparecido toda referencia que dé sentido al futuro. De todas maneras, también yo apoyo la nostalgia, el romanticismo y ese espíritu de resistencia tan perjudicial para la higiene del mercado, solo que si al mismo tiempo que se propone esa mirada nos aferramos a la urgencia como razón de ser, a la asimetría entre el comer y el vivir (como el comer lento y vivir deprisa), o sucumbimos a la superficialidad de lo inmediatamente consumible, el discurso quedará hueco.
Debate!