“¡Niño, no juegues con el fuego, que te vas a quemar!” De niño, las llamas me seducían, me quedaba pasmado contemplándolas mientras los mofletes se me ponían colorados, de modo que mi madre no me dejaba salir a la puerta de casa cuando venía algún cliente a buscar la leche que vendíamos, por temor a que me resfriase. El hogar, como en todas las casas de payés, estaba dentro de la cocina, y en invierno era la única estancia de toda la casa donde podías convivir sin pelarte de frío. Por eso, en los meses invernales, todo pasaba en la cocina, en un ambiente cálido, a la luz más bien tenue de las llamas del hogar.
En fin, jugar con el fuego era mi destino, y aún hoy no me hago a la idea de una cocina sin llamas. Con esto no quiero poner en cuestión las ventajas que ofrecen para ciertas preparaciones las placas, aunque, para mí, no pueden sustituir la fascinación que me producen los colores de las llamas, ese calor que casi se acaricia y que te reta a extraerle todo su temperamento. Cuando cocino, siento su presencia e intento comprenderlo.
Al igual que todas las artes se basan en el dominio de una técnica variada, aplicada a una combinación de materiales distintos, para expresar la creatividad del autor, el cocinero se expresa a partir de unas técnicas cuyo fundamento esencial es, a mi juicio, el dominio del fuego. El sabor que se obtiene al cocer un alimento sobre las brasas no lo supera ningún otro medio de cocción: ¿pimientos asados en el hogar o en el horno? No hay color.
Cuando me como unas sardinas a la brasa, me pregunto por qué en la mayoría de los grandes restaurantes no se cocina con brasas; por qué se renuncia a la variedad de sabores que se pueden extraer del dominio del fuego directo. Toda la cocina nace del fuego. Se prueban combinaciones de hierbas y especias lejanas y desconocidas y en cambio se ensaya muy poco o nada con dos de los elementos más definitivos de la cocina popular, como son el fuego y el carbón. Algunos alegan cuestiones de salud, cuando éstas son relativamente fáciles de solucionar. Y lo cierto es que la carne a la brasa es muy diferente de la que se cocina sobre la plancha, y también mucho mejor cuando está hecha en una parrilla con brasa de encina o de piedra volcánica calentada con un fuego de gas. Por desgracia, muchos de los sitios donde dicen que cocinan la carne a la brasa utilizan parrillas industriales para ahorrarse trabajo. Pero en cocina, como en todo en esta vida, ahorrar esfuerzos, por razones económicas o por puro conformismo, es una receta segura para el fracaso. Eso sí es jugar con fuego.

8 comentarios a "Jugar con fuego"
Apreciado Santi:
Personalmente he llegado a apreciar de forma sublime la cocina que se ejecuta “en ausencia de calor”, la de los marinados, encurtidos, curados, aliñados, macerados, salados…
Para mí, no solo la cocina del calor, de “foc a terra” y en concreto la del rescoldo o la de las brasas forma parte del recuerdo alimenticio. Aliñar aceitunas o secar pasas, higos, etc. era y es todo un misterio, ahora lo entiendo pero los recuerdos son fascinantes. Incluso su olor.
Cocino a la brasa a diario, también al calor de un fogón, pero aliños, condimentos, aderezos y marinadas también se hacen a diario. En casa, la alimentación comienza cuando extraemos las semillas de un tomate para plantarlo y nos regale fruto. En casa la cocina es electrica, sin renunciar a una parrilla con piedritas de esas, pero eléctrica. Le aseguro que el calor casi se acaricia y tiene temperamento, como bien dice usted.
Pero sí, no en todas las casas hay brasa y no todos saben diferenciar una chuletillas hechas a la brasa de las que no, se lo aseguro. No creo que eso sea un fracaso tampoco. ¿Quién diseña espectativas?
Un saludo
El dominio del fuego y el salto culinario que eso produjo ha quedado fijado en nustro acervo genético expresado genuinamente por la fascinación de la llama. Los aromas de madera que impregnan los hornos tradicionales hacen del pan o de los asados una experiencia para los sentidos incomparable con la aplicación de otras fuentes de calor. Es por eso que parrillas y barbacoas sean tan atractivas y populares. Todo esta dentro de nuestra historia como seres humanos.
Indiscutible! Donde allá un fuego directo para asar un cordero crucificado ó hervir un pulpo en olla de cobre, existirá la tradición.
En el dinamismo de la vida urbana de hoy, y sus efectos colaterales sobre el mundo rural, poca cabida tiene los que han sido elementos esenciales de nuestras tradiciones culturales. Todo lo que ha venido estructurando un modelo de vida padece el síndrome de la desimbolización, de la desacralización, con la consiguiente pérdida de lazos sociales. Si antes, en las familias, la comida era un punto fuerte de socialización, hoy es el espejo de la individualización. La ruralidad preservaba el nicho humano-ecológico. La industrialización y el éxodo hacia la ciudad actuaron como bomba a efecto retardado. El hábitat ciudadano actual, los barrios dormitorios, la vida bajo presión, representan la negación de un modelo de vida que ayudaba a la cohesión de la colectividad. Por lo tanto, hoy se hace muy difícil la recuperación colectiva de determinada prácticas culinarias del pasado, ya que el modo de vida actual y el consiguiente formateo cultural que de él se desprende dificultan la tarea, peor aún: la imposibilitan. Si el fuego pierde el embrujo de la llama (en realidad no todas la fuentes de calor son “fuego”, ni poseen llama), si el alimento se ve atravesado por prótesis de circunstancias que no han co-evolucionado con él, si, en casos que tratan de ser paradigmáticos, el cocinero se convierte en personaje multi-funciones, a la vez que no ejerce ninguna en plenitud, uno se siente legitimado para preguntarse: ¿qué nos queda que no dé por bueno una cosa y su contrario? Para que no volvamos a caer, nos dicen, en los inconvenientes de las tareas culinario-domésticas de la época de la alpargata, se ofertan artilugios, espectáculos prêt-à-porter, emociones circenses, ideales de competitividad, escenificación de paisajes culinarios en los que es difícil reconocerse, más cercanos de la tarjeta postal que de la filosofía de la que supuestamente emana; todo ello propuesto en el envoltorio de la comodidad para una supuesta mayor disponibilidad de nuestro tiempo y de la amalgama conceptual, para la sustitución de una cultura colectiva, de valores trascendentes, por la cultura de la sumisión a los preceptos de los valores de cambio, al mito de la autorrealización y del héroe modelo. El hecho de que la historia no se repita no significa abandonarse al consumo de estereotipos que han homogeneizado el mercado, donde, a decir de Zygmunt Bauman, el producto que sus promotores están dispuestos a promocionar y poner en venta en el mercado no es otra cosa que ellos mismos. Y no solo son los promotores del producto, sino que ellos mismos son el producto que promueven.
Con respecto a lo contemporáneo, los elementos físicos, sociales, económicos y culturales que sostenían la cocina en otras épocas (tanto la doméstica como la del servicio público), ni son de forma general los mismo, ni se articulan, ni, por supuesto, se gestionan de la misma manera. En muchos, casos tratar de establecer comparaciones a partir de un mismo patrón resulta inútil. Al contrario que en otros tiempos, la vida se gestiona con espíritu empresarial, y en el mundo de los negocios se piensa que otra vida no es posible.
Gracias señor Santa Maria por su artículo.
Yo Juan Manuel Benayas, editor de la revista fuegoterapia.es y su versión de papel Fuegomagazine soy un precursor de la cocina con fuego, la que se crea a fuego lento, ya sea con una cocina económica de leña y carbón, con una parrilla, con un horno de brasa o con la desconocida en España caja china.
Los alimentos que preparamos o cocinamos con leña, se hacen poco a poco, de una manera reposada, el fuego tiene el don de extraer la esencia de los alimentos y mezclarlos entre si como ningún otro sistema de cocción
Aprender a dominar el fuego es un reto para todo cocinero, controlar el calor o saber aplicar las diferentes técnicas para aromatizar con fuego, controlar los tiempos de cocción, son algunas de las materias a las que se enfrenta el hombre cuando cocina con leña o carbón.
La persona que da sus primeros pasos cocinando con fuego, ya sea en un horno de leña, en una parrilla o en las genuinas cocinas de leña, descubre que esta cocina conlleva no solo el aprendizaje de una serie de técnicas, uno tiene que estar predispuesto a conocer el fuego a saber de él, a conocer las maderas con las que se a preparado el fuego, a manejar los tiros de la cocina y lo que es más interesante da tiempo a conocerse a si mismo.
No se si usted, Santa Maria leerá estas letras, pero me gustaría que me diese usted su autorización para poder incluir su articulo como introducción al primer libro sobre cocina con leña que se va a editar en España y del cual soy autor.
Un saludo de Juan Manuel Benayas
http://www.fuegoterapia.es
Tel 630 77 29 94
bueno, bueno,bueno, da gusto ver que en plena “crisis” del sector aun nos preocupamos por la calidadn de la tecnica,eso esta muy bien, buena diferencia entre un comercio abierto y uno cerrado.
buenas elaboraciones a la brasa, grandes parrilladas, si…¿que madera.?¿que carbon?¿se vende en españa un carbon digno de un buen chuleton? si la chuleta me cuesta 35 euros, ¿cuanto me debo gastar en el material que voy a quemar..?
ademas, ¿y el producto? ultimamente se abusa de la tecnica, que si marinado,asado,cocido,guisado,etc…eso eso si, la carne comprada en el mercadona, y no me mientan, diciendo en este restaurante no por dios.!!!!por que en eso todos los chef,mâitres y malditos ******* que puerulan por un restaurante le diran que de lo mejor, lo mejor. ¿pescado de Blanes.?¿gambas de Huelva?¿jamon iberico de bellota? jejeje claro por que no, es un pais libre…
dejemos de preocuparnos por la tecnica, y prestemos atencion al producto, ¿o acaso conoce usted la procedencia de todos los productos de sus restaurantes.? JA!!!
Una de las cosas que más me fascina de este blog son las trifulcas dialecticas que genera mi colega de profesión Santi Santamaria. Otra es la forma desvariar de algunos de los participantes con sus comentarios, que no creo que sea el objetivo del autor del Blog.
Cambiando de tema, Santi, estoy totalmente de acuerdo contigo, el sabor proporcionado por las brasa a un alimento es, simplemente, MAGICO.
Con respecto al comentario de Antonio, tengo la certeza de que Santi conoce la procedencia de todos sus productos, es más, de los principales seguro que conoce personalmente hasta a la persona/s que los elaboran.
Francesc Chicón.
Por alusiones amigo Antonio, y digo por alusiones pues yo me dedico en España a comercializar carbón vegetal, sarmientos, leñas de la mejor procedencia y puedo asegurarte que los grandes cocinero entre los que tengo algunos como clientes miran y remiran la calidad del combustible con el que van a trabaja y los matices que estos van a aportar a sus platos. Me imagino que si para algo tan “ básico” como tú insinúas, prestan tanta atención, que no será con los productos con lo que elaboran tan suculentos platos. Un buen restaurante mira al máximo la calidad de sus productos como también la forma de elaborarlos, pequeños detalles son los que día a día hacen más grande a un local y a la gente que trabaja en ellos.
Te dejo mi web por si quieres profundizar.
http://www.lacarboneria.es
Debate!