Cuando degusté por primera vez el vino de Nicolas Joly, tuve la sensación de que bebía un vino blanco de carácter, de los que dejan huella en la memoria. Recuerdo, además del vino, que fue en casa de un buen amigo, comiendo un rodaballo hervido con una salsa de mantequilla y escalonias. Aquel pescado, de piel grasa como el tocino, al menos pesaba nueve kilos, y nos habíamos peleado con él toda la mañana. Hacía años que no teníamos sobre la encimera un bicho de aquellas dimensiones: mi amigo Philippe y yo parecíamos forenses estudiando un cadáver. Había que cortarlo a la perfección: a lo largo de la espina central, reservando la cabeza y las barbas, porque las espinas del perímetro son tan ricas en gelatina que conviene utilizarlas para caldos, mientras que la ventresca, con un pescado de estas dimensiones, puede reservarse para guisarla con patatas. Y no debemos olvidar que las partes más nobles del animal se cocinan con espinas y sólo se desespinan al servirlas.
Pero mi pasión por el rodaballo me desvía de mi objetivo prioritario de esta semana, que es reflexionar no sobre la pesca, sino sobre la agricultura biodinámica, utilizando como pretexto el vino que acompañaba al bendito rodaballo, un blanco excepcional, de cepas cuarentonas, que había permanecido en botella nada menos que quince años a la espera de la ocasión para descorcharlo. La tierra de los viñedos de Joly, situados en el valle del Loira, se rotura con caballos y las vides no reciben ni un gramo de pesticida. La vendimia se realiza cuando las uvas adquieren un fascinante color dorado gracias a una maduración redondeada por una leve botritis (la “podredumbre noble”), que luego aporta complejidad a sus aromas.
Desde que Rudolf Steiner acuñó el término, se ha escrito bastante sobre la agricultura biodinámica y sus métodos, basados en una visión holística de la relación del hombre con el cosmos, estrechamente relacionada con la antroposofía. La parte más polémica de la agricultura biodinámica es la que añade, al más estricto respeto por el equilibrio natural y una agricultura sostenible, los conocimientos derivados de la astrología y ciertas prácticas a caballo entre lo tradicional y lo esotérico, que suelen emparentar este tipo de agricultura con la homeopatía. Lo cierto es que las prácticas de la agricultura biodinámica buscan “la verdadera vida práctica material”, pero “sin hacernos invisibles al espíritu que se halla activo en ella”; se trata de buscar “lo espiritual”, “pero no por goce suprasensible, no por refinado egoísmo”, sino para “plasmarlo en la vida práctica en el mundo material”. Supercherías, dirán algunos, y puede que tengan un punto de razón. Pero ¿por qué cuanto más sabemos sobre los alimentos, éstos nos saben a menos?
2 comentarios a "Plantar mirando a las estrellas"
Leyendo el primer párrafo del artículo mi boca no dejaba de babear imaginando el sabor de ese pedazo de rodaballo; si además lo acompañamos como merece, un blanco de chenin blanc como el que el autor menciona, la cosa se pone muy complicada porque al babeo mencionado se une el crujir de mis tripas.
No soy muy conocedor de las prácticas vitivinícolas de caracter biodinámico. El respeto por el terruño, el cuidado de la planta y su fruto y el evitar la adición de productos químicos innecesarios me parecen prácticas muy loables. Ahora, cuando se añaden matices esotéricos, la asunto cambia. No dejo de imaginarme a Rappel o a la bruja Lola vestidos de payeses tratando de hacer vino. Permítanme ser un poco escéptico.
Se conoce más sobre los alimentos pero la compartimentación de tanto conocimiento y su orientación hacia el productivismo como modelo económico y la primacía del valor industrial, no da los resultados que sería de desear por parte de muchos consumidores (tanto los insatisfechos del mundo desarrollado como los 1.020 millones de personas que padecen hambre crónica). Se conoce más pero se es menos sabio.
La falta de sabor se sustituye por el artificio, la construcción espectacular, la sofisticación del léxico, las prestaciones del marketing, en resumidas cuentas, por la apariencia.
Se podría decir que sabiduría y fidelidad forman pareja. Algo que deben saber Joly y Savall. Oasis culturales.
Un poco de todo sabía el agricultor de antaño. Gestionaba el tempo agrícola, incluido el paisaje. Quizás todo lo que se producía no fuera higiénicamente óptimo (también éramos más fuertes inmunológicamente), pero parece que hoy se le añora, se le reivindica (tanto la FAO, como Oliver de Shutter, nuevo relator de la ONU). Con el tiempo todo el mundo agrícola (principalmente occidental) se especializó; todo se diseccionó, se comprendió mejor cada elemento por separado, pero la visión de conjunto quedó bajo la tutela del intensivismo y el valor añadido de lo mercantil, contribuyéndose así a que en el último siglo desapareciese un 75% de la diversidad agrícola y, por lo tanto, a una estandarización del gusto.
Aquello que se conoció como “don de la naturaleza” es hoy un producto de sustitución planificado por los entresijos bursátiles.
Es triste pensar que algunos concentren su capacidad cognitiva en el presente olvidando que existió un pasado que nos pertenece y que deberá haber un futuro más ilusionante que lo que hoy nos ofrecen y que también ha de ser de todos.
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